Revista Atmósfera Nº 3
Atmósfera
Revista de Poesía
N° 3 - Buenos Aires
Enero 2008

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Darío Rojo. Emblemata. Poeta y editor nacido en Mar del Plata. Revista atmósfera. N° 3. Buenos Aires, diciembre 2007.

darío rojo

de Emblemata

 

Inmóvil en su afán

Con naturalidad transformaste

en sólida piedra un diseño en 3D 
en el que paseas con un traje color caqui
por una explanada terracota, consciente
de cada organismo, químico u orgánico
que a tu lado proyecta una fina sombra.
Que mañana el traje sea negro 
y la explanada terracota, nada cambiaría 
ni aportaría alguna falla al sistema, 
éste sin duda se regeneraría abriendo nuevas 
arcadas y pequeños puentes a los zorros 
que tendrían su única oportunidad 
de destellar en la escena; a diferencia de tu traje, 
y de quien no notaría su corte y su color.

 

De tener la más absoluta seguridad

de la llegada de un par de extraterrestres,
cuál sería el problema para levantarte,
ir a trabajar y culminar la felicidad
a alguna hora de la tarde, o de la noche.
Pero si en tu cuerpo conviviera en zarzuela
el alienígena de brazos delgados,
los perfectos giros de la chica que patina, 
y una forma que se abre en silencio; donde 
descansarías para cuidarte del foso de cocodrilos.
Tomaste un martini en su nave mientras
los asteroides te recordaban a carteles
demasiado brillantes. Ahora sabés 
con el mismo conocimiento que mecaniza 
el respirar, que ellos no existen, y que nunca 
los verás. Pero cada tanto te encontrás en la playa
cavando hoyos sin ninguna razón, apilando
arena mojada sobre arena húmeda.

 

Si hubiese cazado el alce y su cabeza

y cornamenta colgara ahora en el centro
de la sala,
si casi lo hubiese cazado y su imagen
flotara cada tanto en el centro de la sala,
si no hubiese ido a cazar, o si estuviera sentado 
en el centro de la sala vacía apilando 
alimentos en mal estado 
hasta que se eleven más allá del alto de un guante
que podría cubrir un brazo por completo,
pero no sostener un Bloody Mary
como mi mano lo debería estar haciendo,
en vez de creer que mirar el marco 
me devolvería al animal que no dudé en matar.

 

Emblemata

El primer peinado Leyendecker

En el principio la suspicacia dio nombre a los seres.

Después, en la perfecta conjetura del presente 
perdimos el don del impedimento y alzamos este muro
en el que hoy se agolpan las más feroces banalidades. Desde entonces 
una consumada incapacidad comenzó a destinar nuestros mejores trajes
a minuciosos baños de inmersión, los mismos con los que presenciábamos  
colosales partidas de bochas
con el único objetivo de ocultar nuestra verdadera tarea en las ciudades: 
la de acumular imágenes de asnos que empujan objetos de un lugar a otro.  

Fue ahí donde escuché decir: “El compás previsto por Von Schwedler
se cerró”; entonces supe de inmediato
que el único privilegio que arrastraría hacia la costa era el de la imposibilidad;
pero no precisamente la suprema,
más bien la de perfil torpe y operativa en el desdén.

Por eso, aunque me entretenga observando
desde un periscopio de juguete el resplandor de un horizonte artificial,
debo disculparme y decirte en lengua muerta:
vete; no tengo más hielo para ti.

 

Ni el conductor ni el conducido

Es simple: contra el acantilado del arrepentido no golpean olas
ni se estrellan las gaviotas, solo flotan orondas,  
sin mayor destreza, las recortadas nubes del indiferente 

Si bien fueron vistas unidas en marinas y telones de clavadistas, 
ahora se limitan a homenajear la figura de la imagen  
abandonando las costuras del emblema por otro paño o estandarte.

En Tandil vivía el tío Arsénico que de joven regenteó un lupanar
y hasta su muerte prologó el almuerzo con una ferroquina.

Sin embargo no es descabellado negar a la quietud su garantía de binocular
o espuela de la espera. Pero si en mi regazo anidara un bestezuelo,
sé que alguna vez la torpe geometría de su piel escamosa,
el impacto y posible guión que trazaría en el futuro de mi vida
encontrarían un eco, resbaladizo o encapsulado, 
en algo que no querría decirte, pero que sin duda será dicho,

incluso en un planeta seco y transparente 
donde un gremio de dioses jugadores de un único gesto  
cristalizarían un mar por completo, afilando así las escarpadas  
salientes de espuma y sal que en su suprema inmovilidad nada indagarían.

 

¡Ata tu zapato!

¿Sabrán los rumiantes, carpinteros de totoras que esas palabras
fueron lanzadas
en una esmerada cápsula de Murano mullida por trenzas de mellizas 
que se configura para aceptar una imagen descastada?

Ay… torpes mascaritas, si al menos bebieran con las manos enguantadas   
en vez de calzarse los tacones de los millonarios del salitre.
Y si así fuera, continuarían acaso encendiendo cebitas en cada torta
que su rostro abraza. 

Oxigenad con mísero esfuerzo el conducto adecuado al menos por un día, 
y que en ese lapso el paseo se realice a paso firme y bastón debidamente engarzado:
puño, puntera y sable; plata del 900; guapo, bacán o petitero.  

En ilustres decorados las joyas del lagarto se arrastran por la arena 
dibujando una perfecta ojiva de desagravio. No podrán verla.

Pero de todos modos, hoy es el gran día para televisar las acrobacias de los teros; 
que así sea. ¡Todos al mangrullo con la vianda y la carnada!

La cama está hecha y la cena está servida.

 

La esfera biológica

El grupo de notables que tiempo ha deleitara a nuestros lectores 
dio por terminada la investigación que sumió a nuestra ciudad 
en un nuevo fracaso. El instrumento principal en tales experimentos 
era un inmenso conglomerado que cubría por completo 
un área de clima tropical perfectamente uniforme en todas sus direcciones, 
en su centro un hilo de agua atravesado por un tronco 
en el que se trasladan en fila unas hormigas de considerable tamaño, 
junto a ellas una pierna 
con un corte longitudinal a la altura del fémur de unos cinco centímetros, 
que si bien ya no sangra tampoco cicatriza ni da muestra de iniciar su proceso.  

Si pudiera abandonar mi investidura –dijo el matemático hindú– 
y hablara a boca de jarro, aseguraría que el tiempo
es la burocracia del espacio, pero no fui convocado para decir esto
y por supuesto usted tampoco para oírlo, pero el presente en verdad 
lejos está de ser mi problema, y ahora esto es lo único que quiero decir:

“Que rauda la torva expresión supuestamente legítima abandone 
el cómodo tono en procura de una sincera oscilación del pensamiento
para acompañar así la gravedad de aquella carne
estilizada en temporadas, entretiempos o cacerías.
Aunque en verdad la causa motiva se incline en otra dirección: 
la del glamour del ascetismo que resplandece y clama
en los cuartos más atestados cuando en su declarada aceptación del movimiento
exhibe con timidez su naturaleza doble. Y en específica estación
como la rosa china se abre para urgir su tolerancia a la quietud:
una imagen fija expuesta en las coordenadas mismas de un corazón humano.”

 

Piscina en alta mar

Una fuerte lluvia se detiene dos metros antes de tocar el suelo, 
formando un sonoro techo de agua que recuerda 
el sentido práctico de las cosas y de cómo éste se despliega ante la vista 
 
para reconocer la misma fuerza 
que me llevó a recostarme en una reposera de tela blanca y roja,
con el único solaz de quien reparte su vida entre una esfera sin recuerdos
y un adecuado estado del tiempo, en donde el champagne no traiciona a las mujeres 
y una constante confesión me absuelve del lógico rechazo.

 

Espuma y repliega

Así fue agitándose en una opaca marea que simulaba el movimiento
con la diestra maestría de lo humano.

Por eso construirás de cemento la extensión mayor y de mosaicos los detalles,
se acercarán las aves canoras a las horas menos esperadas
y la médula organizada en su eficacia podrá verse como vinílico
reconstruyendo la lozanía de un Ambassador.

Un emblema solo completo en su esquiva sustancia: nonato 
en sus telas de colores y su yelmo enlozado de instantánea plenitud. 
No de lo que harás, habrás hecho o pudieras, sólo el tiempo eclipsado
y el trazo firme en tinta clara. La súbita imagen 
de todo lo que no es elástico y en su brillo y resplandor
se esfuerza por representar los materiales y propósitos de su caso 

Hoy no es necesario que te diga nada de lo que sabes. 
Pero podrías escucharlo: 
como la música que la memoria reconstruiría si lo quisiera, 
si se lo pides despacio y con voz muy baja, reclinando en una mecedora
la única razón que aceptaríamos: ahora y probablemente porque sí.

 

La moral vuelve el porvenir en presente. (Mme de Stael)

Aunque pretendieses hacer de lo literal tu palacete pompeyano, 
para que así la escena obtenga un tonto y un rufián, 
sé que tus palabras nunca habitarán ni los frescos 
ni las pintadas de Pompeya,

seguramente terminarán por agruparse en el trazado de un emblema 
en donde algo que nunca se abrió pudo ser cerrado con inusual pulcritud.  

En el futuro algún esmirriado botánico dedicará sus energías 
a nombrar una figura semejante; cuando ese tiempo llegue, 
entre pistilos y clorofila habrá algo que yo podré reconocer

por eso te estoy agradecido. 









 
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