Atmósfera

Revista de Poesía N°5
Buenos Aires - Marzo 2013

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Ezequiel Alemian. Poeta, novelista y periodista argentino, nacido en Buenos Äires, en 1968. Antología de sus poemas publicada en revista Atmósfera en el año 2012

Ezequiel Alemian

Una entrevista con el Sr. Ministro

Un pegajoso aire helado de arena 
barre todo el tiempo 
las calles de tu ciudad fantasma, 
dejando sobre cada una de las cosas
y en la distancia que las separa 
una espesa película de humedad 
opaca. O así por lo menos es 
como se ve en las fotos 
que hay en la web:
un intenso azul nervioso 
que la ventisca confunde 
con las sombras
de todos los que se desdibujan 
al pasar.
Tal vez sean tu terrible mar desatado 
contra la costa de arenisca 
y piedra, la amenaza contenida
en las mareas heladas o los cuarteles, 
los pozos petroleros y perros abandonados
cuya presencia parece organizarlo todo
alrededor suyo
las impresiones dominantes que dejarán  
su marca 
como un tatuaje 
en el alma 
de los que viven en el lugar. 
O una simple y repetida vida burocrática
de la que nadie fuga nunca.
Probablemente para vos igual
sea una cuestión de otro tipo. 
Tres generaciones es poco 
tiempo para transformar 
una familia en otra y finalmente 
siempre pertenecemos 
a lo que nos pertenece.
¿Por qué tendríamos que volver a pensar
un paisaje
como fondo de lo que uno es 
o de lo que uno no es? 
¿No somos además fantasmas 
de esos mundos imaginarios
que nos inventamos? 
Hola. Me gustaría saber 
cómo van  tus cosas 
con el proyecto. 
Las mías están 
un poco demoradas
por cuestiones básicas 
que soy incapaz de resolver. 
Si pudiera resolverlas igual 
me pondría a trabajar 
sobre otras, que implicaran 
una habilidad técnica
que no tengo. 
En el mismo movimiento de hacer
o quizás todavía antes 
de hacer
me voy hundiendo en las dificultades
y quedo en ese punto extraño
en que trabajar es siempre 
no dejar que algo 
quede hecho. Ojalá
no te sorprenda 
si tan de improviso
me pongo a escribirte
estas cosas, 
si apenas intercambiamos 
saludos durante las varias reuniones 
formales que hicimos el mes pasado. 
Pocos días atrás, como
suele decirse, en la página de internet 
de un diario del sur
estuve viendo una nota 
que les hicieron a tu socia y a vos 
por una actividad que organizaron
en la ciudad de Bariloche.
Algunas de las cosas que leí
que dijiste 
despertaron, 
se ve,
ciertas inquietudes 
que al parecer llevaba conmigo 
como en un largo letargo animal.
Y si estaba por la calle 
caminando distraído
de repente sentía
una intensa 
sensación 
de inminencia.
Una intensa
sensación
de inminencia
que no podía
atravesar.
¿Inminencia de qué? 
¿Inminencia de un final?
¿De un pasado que hacía mío, 
o perdía para siempre? 
Pensé que a lo mejor
escribiendo
podía hacer que esa inconstancia
de lo expresable
se volviera menos 
evanescente.
Ahora vengo de un ciber
al que fui a buscar en el texto
de la nota 
unas líneas
que pudiera 
citar acá.
Había mucha gente que entraba 
y salía del local y el servicio era lento 
y hacía frío y perdí la paciencia.
Y no sé además 
si lo que entendí esta vez 
de la nota que te hicieron
no me pareció en cambio 
una justificación de otra estrategia
para conseguir lo mismo
que antes había creído 
que te animabas a devaluar. 
No importa, igual: retengo 
la foto de los perros 
cruzando la calle
en medio de una tormenta de polvo. 
O dicho de otra forma:
quince años atrás 
no era tan pobre como ahora.
Vivía en un departamento sin ventanas
ni calefacción 
donde los diarios se llenaban de hongos
pero el futuro era algo que me iba a suceder
en cualquier momento. Comía pan
con orégano y leía sin avanzar 
ni detenerme
un mismo libro de pintura 
En el jet privado
de un empresario famoso 
fuimos una madrugada 
a Uruguay y volvimos 
cuando el sol recién caía 
y todas las luces de la ciudad
empezaban a encenderse. Era
un infinito geométrico
de titilaciones anaranjadas,
un orden del mundo
finalmente comprendido
por la mirada
de su tiempo.
Fue mi primer viaje 
en avión, aunque meses 
después tomé un vuelo más largo
al regreso del cual y a pesar
de haberlo previsto largamente,
sin trabajo casi y sin ahorros
tuve que dejar el sitio en que vivía
y terminé en la calle. 
Un amigo guardó mis cosas
en su casa y otro me ofreció un sofá
donde dormir. Para llegar a Ezeiza 
hicimos con mi hermano varios kilómetros
por una ruta en construcción
en la total oscuridad. Mi padre
me había prestado una valija
y un colega un sobre
para llevar el traje. 
Si nos salíamos de la ruta
hundiéndonos en las zanjas
de profunda tierra removida
o chocábamos contra algo
macizo y monstruoso
y no alcanzábamos el vuelo
estaría bien, también:
sería una suerte 
de experiencia equivalente.
Mientras bajábamos en Miami 
para el transbordo yo
buscaba los reflejos del mar y sus islas
y esos edificios de cientos de pisos 
contra la luz metálica
del amanecer, camiones en autopistas
sin curvas y construcciones lisas 
como cajas de cartón claro 
eran todo lo que captaban mis ojos.
Era una mañana helada. Encerrado 
en una campera gris 
como en un globo de goma dura
un negro que hablaba por walkie talkie
custodiaba la cinta articulada
que dejó las valijas del trailer 
en un sótano del aeropuerto.
Fue un trámite veloz. Me
revisaron los zapatos y enseguida 
estábamos volando sobre el golfo
en un aparato tres veces 
más angosto que el anterior 
y casi vacío. Como en una película
de acción: cuanto más al margen 
queda un lugar, más pequeño 
es el avión en que se llega. 
Ya no íbamos con argentinos 
ansiosos por entrar y dispersarse
sino 
con unos tejanos impecables 
en sus camisas claras y en la economía 
de sus movimientos: esa
cuestión prolija y erguida
de los que tienen una manera
natural 
de relacionarse con el dinero.
Leían diarios de a bordo, 
repasaban sus papeles de trabajo,
escribían en computadoras
portátiles. De a ratos 
estiraban los músculos  
andando por el pasillo del avión.
En mí la cena con apio 
y manzanas 
se había transformado
en un calambre de estómago que
duraba varias horas y no me dejaba
pensar en algo. Mi actitud era callada 
e intensa. El fuselaje temblaba 
entre las nubes,
que se deshacían
dejando ver 
debajo nuestro
la línea clara de la costa.
Volábamos contra el tiempo.
Cuatro horas
contra el tiempo.
El avión entró 
en el continente 
como una flecha,
con todos los pasajeros
sobre las ventanillas 
intentando
ver
México: un extenso campo irregular 
de un marrón polvo y casi oxidado
con algunos manchones verdes 
como si fuesen hongos secos.
No pude hacerme 
idea alguna
de las escalas.
Según la azafata
el avión haría 
una curva muy amplia
entrando a la ciudad 
por el medio del valle.
Y cuando al rato 
el aparato se inclinó 
primero
hacia afuera como si estuviésemos regresando
y después 
hacia el sur como si el piloto se hubiese arrepentido,
la ciudad se desplegó 
delante nuestro
sobre una tela viva y sin centro
miniaturizada 
en la melancolía 
de cada uno de sus detalles.
Viejo 
fósil 
extinto 
ardiendo 
en brasas.
Hubo todavía 
unos minutos de maniobras 
hasta llegar al aeropuerto nuevo, 
un edificio pobre y chato
como una estación de micros
de las afueras del Distrito Federal.
A la ciudad entramos
por un autopista rápida
de varios carriles por mano,
encajonada por unos muros 
de concreto y alambre tejido.
Puentes de hierro cada tanto 
permitían que la gente cruzara
de un lado al otro. Pero también 
a lo largo de extensos tramos 
la autopista avanzaba sobre pilotes 
de cemento, suspendida encima 
de barrios pobres
levantados con chapa y ladrillo gris.
Al margen: que días más tarde 
volvería por fin solo
de una reunión preparatoria
en uno de esos escarabajos verdes 
a los que quitan 
la butaca del acompañante
y utilizan como taxis. 
Manejaba
un mexicano joven 
que odiaba la ciudad y hablaba
de irse con amigos a Monterrey,
donde iba a haber corridas de toros 
y bebida libre en los bares
por una fiesta local.
Silenció la radio y nos callamos
y dimos la vuelta entera
sobre una de las monstruosas moles 
de circunvalación 
del anillo interno,
hipnotizados
por el ruido creciente 
y superpuesto en capas de los motores,
como si no pudieran nunca
bajar un cambio 
en la marcha
de su destino.
El ruido era la lija
que nos limpiaba
una suciedad
cada vez más profunda.
Esos mismos taxis verdes 
los vi después en unas fotos
que seguro conocés, del belga 
Francis Alys andando por el DF 
con sus grandes zapatones imantados. 
Estuvo hace poco en el sur,
haciendo una película sin fin
sobre la caza del ñandú
a la manera tehuelche:
persiguiendo al animal durante días
hasta agotarlo físicamente.
En una época dicen
que salía a caminar por las calles
con una lata de pintura agujereada
chorreando de sus manos.
Bueno. Me alojaron en el Sheraton 
de la rotonda del Angel. Piso 11, 
contrafrente: toda la pared 
externa del cuarto era de vidrio 
ahumado y se abría a los jardines
de la embajada de los Estados Unidos.
En la puerta y detrás de un vallado
y una garita hacía cola para entrar 
un puñado de gente ansiosa, 
las primeras personas que vi 
cuando salí a caminar.
Un pequeño complejo de cines 
que había subiendo unas escaleras 
de mármol negro, un local
donde se vendía música
a los mismos precios que acá
y sin mayor oferta,
un puesto
de comida callejera
que alguien empezaba 
a poner en funcionamiento,
una peatonal casi vacía donde me detuve
a mirar corbatas en una vidriera, unos pocos
y llamativos edificios de lujo antiguo
como los que se ve
en las películas de Buñuel,
y autos, autos
sobre los que ya
no recuerdo 
más
nada.
Compré toda una serie de postales 
que reproducían fotos 
de la revolución campesina 
y una revista europea
para aficionados
a los mapas.
Las postales
las fui regalando.
Ni lirismo 
ni metáforas.
Todo lo demás
que entonces 
me importaba
ya no me interesa.
Hubo un desayuno interminable 
en el silencioso patio andaluz 
del hotel. Alabaron ahí por tercera vez 
la separación 
entre política y economía 
manchando con rebaba
digestiva las servilletas 
de tela impoluta
casi como si fuese
una ofrenda
Después necesitaron 
otro plato
para quedar satisfechos
de sí mismos 
redondeando
la idea. Qué lujo
de la ironía, que ni un discurso 
alrededor de la nada
fueron capaces de producir.
Toda su verdad
estaba en viajar siempre
hacia el mismo lugar.
El encuentro de bienvenida
con asesores y colegas mexicanos
se hizo en uno de los pisos más altos
de una de las torres más nuevas
de la ciudad.
Como un animal prehistórico
ni vivo ni muerto,
un oscuro mueble de madera
colonial del tamaño de un cuarto
presidió la reunión del día,
que discurrió al nivel social
de unas mesitas ratonas 
y unos silloncitos de cuero.
Un oscuro mueble de madera colonial 
del tamaño de un cuarto, 
presa severa y presencia dominante 
en ese ámbito
de modernidad vidriada y alfombras
de alto tránsito, en el piso más alto
de una de las torres más nuevas, 
como un objeto hermético que nos mirara
lleno de preguntas incómodas,
como un cubo de hierro macizo 
en lento proceso de disipación
de su energía, eslabón histórico
de qué cadena confusa
que no conseguíamos armar.
Después bajamos al Zócalo,  
pero era tarde para visitar 
las escaleras 
con los murales 
del Palacio Presidencial.
Entramos a la Catedral
por una puerta que había 
dentro de una puerta 
que había en un costado 
de las naves,  esquivando 
los cientos de parantes 
de la estructura tubular 
con que intentaban evitar 
que el hundimiento del suelo
quebrara la iglesia. Habían
acomodado los bancos 
en pequeños espacios iluminados 
entre enormes espacios de oscuridad, 
y escuchábamos las voces de los curas
llegándonos desde lugares diferentes.
Un hombre reclamaba al gobierno 
flajelándose en la calle
entre un enjambre de perros 
erizados que luchaban entre sí 
para beberse la sangre
que le chorreaba.
Alguien paseaba ovejas en fila 
alrededor del mástil
en la plaza de piedra.
Esa noche miré televisión 
hasta muy tarde,
cambiando canales sin detenerme
demasiado en ninguno.
De a ratos oía sonar por los pasillos 
pasos y ruidos de otros pasajeros:
risas, roces,
golpes  de puertas y vibraciones 
inclasificables. Y cuando 
recién me dormía
y como si nada se interpusiese
entre ellos y yo, un grupo 
entró al cuarto que había 
pegado al mío, riendo a los gritos
y moviéndose nerviosos 
por toda la habitación.
Hubo un silencio extraño 
y empezaron los forcejeos y los gemidos, 
que con modulaciones e intensidades 
diferentes 
todavía continuaban 
cuando horas más tarde 
bajé a desayunar. Era el comienzo
del segundo día. 
En total fueron cinco.
¿En qué cosas pretendía entonces 
que resonaran 
los ecos 
de una canción
como si fuese propia?
¿A lo largo de qué caminos
deseaba que se propagaran
los ecos de una canción
como si fuese propia?
"Exhaustos aun sin viajar",
como decía Thoreau,
"por el tráfico que discurre a través
y por encima 
de todos nosotros".
¿O es éste el eco 
de un pensamiento 
hechizado por lo primitivo 
como respuesta 
otra vez?
Cada vez más rápido
dejo de encontrarme
en el que fui.
El que no se pierde, me
dicen, no se reconoce jamás.
Todo el tiempo nos movimos 
en una combi chata y discreta
para subir a la cual
teníamos que doblarnos
como jorobados.
Nos esperaba cada mañana 
unos metros antes del hall 
con el chofer y la asistente
que nos habían adjudicado
para la estadía.
La combi se quedó a mitad de camino
en la cuesta polvorienta de una lomada
la tarde en que no fui
a la excursión a Puebla.
Estuvieron varias horas 
adentro del auto
al amparo del aire acondicionado
y porque les daba miedo 
lo que veían alrededor. 
¿No te pasa a vos a veces: 
recordar sueños que sabés que tuviste  
aunque nunca antes  
los hubieras recuperado 
en la región de la conciencia?
No quiero agotarte
sumando imprecisiones
a la invención de mis recuerdos.
Mientras escribía de Puebla
me puse pensar 
en otras cosas.
¿En qué pensaría entonces,
no? ¿Por dónde pensaría entonces
que pasaban las señales? 
Nunca tuve
ninguna canción
que cantarle a nadie.
Y el  fin de semana vi una muestra. 
Había una foto
inmensa 
de un basural
enorme
en las afueras del DF. Tenía algo
retocado 
en las perspectivas, 
una deformación de los tamaños 
intensificando cierta idea 
de una inmensidad 
casi metafísica
que para algunos es
no sé qué cosa
del sentido.
México, Las Vegas, 
Taiwan. Era el presente
desde el pasado:
puntos de vista antiguos
para problemas 
nuevos. Problemas viejos
para puntos de vista
nuevos. 
Mi padre estuvo en Vegas,  
como le dicen ahora, 
sin el artículo, y estuvo 
en Munich, y estuvo en Seattle, 
conociendo la fábrica de Boeing, 
en su primera cobertura
internacional. Cumplía ese año
treinta y dos,  
y yo ya había nacido. 
Ahora tengo cuarenta y uno
y todavía no soy padre.
Entonces: había elegido 
quedarme a ver librerías
la tarde del viaje a Puebla.
Compré la historia de la vida 
de Zadeev como científico soviético
y El alma  del patriota, 
del maestro Popov. 
Meses después 
con el camarada F y nuestras mujeres
intentaríamos reconstruir
la fórmula del trago que bebieron 
Antolievich P. y Dimitri  
Aleksandrovich antes de emprender  
"su luctuoso deambular por Moscú"  
el día en que murió Leónidas Brezhnev.
Pero esa tarde 
me demoré con los diarios
en la barra de un café 
escuchando las conversaciones 
de las mozas del lugar
mientras comía un pastel
de papa con salsa de ají.
En una casa vieja
de una sola planta
cerca del palacio presidencial 
una placa de cobre 
señalaba el lugar 
donde en algún momento
a comienzos del XIX
se había fundado e impreso 
un periódico liberal.
Junto a la casa
en un local abierto
un grupo de artesanos
pintaba cuadros
para turistas.
Volví al hotel a pie.
Sin haberme dejado 
un solo mensaje 
los demás se habían ido
a cenar sin mí.
De un solo tirón
descansé la noche entera.
Detrás de unos arbustos coloridos
que estallaban en el aire 
en variaciones de flores silvestres
se disimulaban los cercos 
de las casas y de las garitas 
de los agentes de seguridad
de las oficinas y despachos
que íbamos a visitar.
Las charlas eran largas, 
protocolares e íntimas 
a la vez, sentados en grupo
alrededor de unas mesas anchas 
y lustrosas
donde primaba 
una suerte de supuesto
que decía que todos 
sacábamos provecho
del mismo negocio,
porque si era bueno para uno
era bueno para los demás. 
Un negocio era entonces
un puro presente extendido
sin realidad compartida. 
Funcionaba 
mientras mantuviéramos 
la cohesión
de un mismo diagnóstico. 
No era lo que se decía. 
Era que nadie lo contradijera. 
Cuando caía la tarde 
hablábamos por teléfono 
y mandábamos los faxes 
escritos a mano
con nuestros informes. Después
nos tirábamos en los sillones del lobby
satisfechos por la tarea cumplida, 
y entonces se articulaba en el aire
la vaga sensación 
de una vergüenza enmudecida.
Era como querer quedar 
suspendido sobre algo
sin poder tocarlo. Como 
esos barcos anfibio que se mueven
sobre un colchón de aire que se mueve
sobre el agua y la arena.
Todo se reducía a una idea 
de complicidad común humillante. 
¿Era esa
la resignación 
que me iba a cobrar la vida?
Miraba la ciudad desde las colonias
sin saber si estaba viendo
el ojo de lo último que nacía 
o el círculo final
de una materia desfalleciente.
¿No te parece a vos 
que otra vez estamos en lo mismo 
aunque el acento 
se haya puesto ahora
no sobre el producto pulido 
sino sobre la idea
de la unidad de la idea?
Nada se desplaza porque no existen más
el silencio y la oscuridad. Perder,
pero perder verdaderamente,
para darle una oportunidad al hallazgo:
nuestro problema fue todo el tiempo
vivir en las cosas reales.
Ni crear valor 
ni reproducirlo. 
Disculpame si no digo
más que tonterías, 
si lo que digo además
de ser una tontería
no tiene nada que ver
con el tema de estos envíos,
que ya tampoco sé muy bien
cuál es. No tendría que haberme puesto
a escribir. Ah, me repito, 
no haberlo entendido antes.
Camino a Teotihuacán
nos mostraron un burro blanco
tocado con un sombrero ancho
que se bebía entera
una botellita de tequila
y le sacamos fotos.
Compramos artesanías 
en los puestos  de la entrada: 
un búho de vidrio
y dos víboras oscuras 
de barro crudo
y una manta tejida 
con pájaros de hilo.
Todo es piedra y cemento
en la reconstruida 
Pirámide del sol.
Para que no me ganara el vértigo 
hice bien en tomarme 
del alambre de acero 
que habían puesto en el centro 
de las empinadas escaleras
que llevan a la cumbre.
Los demás turistas 
recuperaban el aire
en los descansos intermedios
o directamente abandonaban 
a mitad de camino.
Y algunos trepaban corriendo, 
enfundados en sus equipos 
de gimnasia flúo.
Arriba solo había 
una superficie abierta 
de piedra alisada, una terraza 
donde la gente podía sentarse 
contra los bordes y dejar 
que la vista se perdiera  
en la inmensa llanura desierta 
que rodea el lugar.
Nada para ver 
más allá de la tierra 
quemada por el sol:
todo lo que había 
estaba a la vista.
Eramos lo que existía
más cerca del cielo, 
sin intermediarios
y sobre el resto de las cosas.
Girábamos en redondo 
y lo real se reducía
en cada rasgo en movimiento
y en todo lo que seguía 
quieto. Bajar fue más peligroso
pero menos cansador
que subir. 
Flanqueada por unos muros tallados y otras 
pequeñas construcciones de ceremonia
la avenida que ligaba 
las arquitecturas del sitio
nos condujo a la Casa 
de la luna y al Templo 
del leopardo
Medio atontado por los efectos del sol
sobre mi cabeza 
y cansado por la caminata
me dormí un rato durante el viaje de vuelta, 
hasta que me despertaron riéndose
porque había empezado a roncar.
Hablamos en la combi 
sobre si 
Berlín 
Occidental 
había estado enclavada 
en territorio comunista y unida 
a la República Federal
por un corredor delgado como un piolín 
y un puente aéreo, o no. 
Y a pesar de que alguno incluso
había estado frente al muro
y una de las chicas había vivido 
dos meses allá con una beca,
no logramos
ponernos de acuerdo. 
La entrevista con el ministro
se hizo el único día de lluvia
que nos tocó, bien temprano
a la mañana. Empezó
con una  breve espera
en una salita contigua al despacho,
siguió con un café 
en una mesa de trabajo circular
y se demoró en la repetición de los mismos
argumentos 
adaptados 
a cada pregunta. 
Su mirada atravesaba las nuestras 
o estaba vacía. 
Usaba un traje oscuro
con unos cuadrados de hilo blanco
como nunca había visto.
Quise mirarle los pies 
pero no pude.
Sin darse cuenta 
alguien preguntó
algo sin sentido
y el ministro
respondió.
Si hubiésemos repreguntado 
habríamos encontrado tal vez
que el ministro tenía razón. 
Después de todo 
él vivía en el mundo
de los que creen 
en la necesidad
de hacerse comprender.
A la enésima repetición 
concluyó el tiempo previsto; 
un secretario con unas carpetas 
y un teléfono 
vino a dar por terminada
la audiencia y
nos hizo bajar
en el ascensor privado 
con dos hombres de seguridad.
Estuvimos un rato de pie,
aturdidos por el ruido imposible 
y constante que circula por la ciudad.
Bajo esa lluvia tenue caminábamos después
junto a unas plazas nuevas
por unas veredas muy anchas 
y en un momento
nos lanzamos a cruzar la calle 
como locos, para no mojarnos,
y no vi bien, o me distraje,
o siempre estaba distraído,
y estuvieron a punto 
de atropellarme. 
Entonces sí hubo 
como un saludo, 
como un guiño 
que me hizo 
alguna presencia mayor
que se hubiera mantenido 
discretamente en silencio 
y ahora viniera
en mi auxilio. 
Es otra forma 
de decir:
fue el día en que nos volvíamos.
Desde mi cuarto en el hotel
descubrí al levantarme 
que contra la línea del horizonte 
había un barrio 
de edificios de vidrio
que jamás había visto.
Detrás de los edificios
bajaba la autopista 
por la que habíamos vuelto
de las pirámides,
y detrás de la autopista 
por la que habíamos vuelto
de las pirámides había
una cadena de montañas
rojizas
reverberando bajo el sol.
Fue casi lo inverso 
de Tehotihucán:
el límite estaba tan cerca 
que si esa mañana el aire sucio 
no se hubiese levantado como un telón
delante de mis ojos
hubiese vuelto a Buenos Aires
pensando que el smog del Distrito
Federal no era más que otro mito 
general de la abundancia.
Hice el check out
antes del desayuno 
y me fui al museo 
con la bolsa de dulces
con que nos fueron a despedir
nuestros anfitriones 
del Citibank.
Unas horas antes el taxista 
que me conducía por el bosque 
había sido abuelo 
por primera vez 
y ahora quería mostrarme 
entre los árboles 
algunas partes visibles 
de la vieja casa 
presidencial.
Llegamos antes
de que abriera.
Me senté a esperar 
sobre una escultura de hierro
Sabía que tendría tiempo 
escaso
para recorrer. 
¿Vendría de ahí mi ansiedad?
¿Sería que por fin 
iba al encuentro de algo?  
¿O sería que ya lo había encontrado? 
¡Qué confundido estaba 
en ese momento, y cómo 
a cada paso que daba
me hundía todavía más
en mi propia confusión!
Escribir ahora
me divide en pedazos.
Museo Nacional de Antropología.
Mi carne huele a pescado.
Es posible que la mayoría de los nombres 
y muchas de las cosas 
que te estoy contando 
estén mal citados: 
no  había vuelto a pensarlos
hasta que leí tus comentarios 
en la red.
Que no sea 
en todo caso 
la atención sobre un asunto
sino el punto en que los restos 
de esa tensión
se disipan.
En unos lockers dejé la bolsa
con los dulces y miré un poco 
las vitrinas con artesanías y 
los libros de la tienda del 
hall antes de 
entrar.
Se pasa directamente
a un patio rectangular enorme
alrededor del cual en los laterales largos 
y en el fondo, más corto,  
se suceden las salas 
de la exposición permanente.
Uno puede 
andar por adentro 
todas las salas en orden,
dando la vuelta al patio
en el sentido inverso 
al de las agujas de un reloj,
o acortar camino si quiere,
y directamente lo atraviesa.  
Casi en el centro del patio
hay una columna
de piedra redonda
ligeramente inclinada y algo
más ancha a media altura,
coronada por una estructura volante 
de hierro 
de algunos metros de diámetro, 
desde la cual continuamente 
cae un agua clara
sacudida por el viento. 
Es el ruido del agua al caer
y no su imagen, creo: no 
su imagen.  Si uno avanza 
en línea recta cruzando el patio 
a lo largo 
llega a la sala principal 
del museo. Dominándolo todo 
como un astro mudo 
cuelga de la pared 
final
un calendario azteca circular
y macizo, tallado con figuras alegóricas
en círculos concéntricos alrededor
de la imagen de un rostro mofletudo
con la boca abierta 
en O. 
Es Quetzlacoatl,
la serpiente emplumada,
que nos mira
o ya
no
nos mira.
No sé cuál 
de las dos
impresiones
es más 
intensa. 
El orden de las salas 
atraviesa del sur hasta el norte
toda la geografía del país.
Paredes sin lustre y una única 
iluminación cenital 
concentrándose sobre los objetos 
casi como si pudiera 
sacarles brillo. 
No hacia el lado del patio 
de piedra sino hacia afuera
hay en las salas al nivel del piso
unos ventanales abiertos 
a unos jardines de luz blanca 
y vegetación espesa.
Empecé por donde correspondía,
fascinado con las maquetas
de las ciudades antiguas, excavadas
en el piso del museo 
como piletas olímpicas
cubiertas con cajas de vidrio.
Multitudes de indios
del tamaño de un codo
en sus más diversas
ocupaciones 
cotidianas 
había.
Algo voy presintiendo igual
mientras recorro el lugar y 
más me acerco a la salas que hay 
después de la cabecera.
Es algo que me demora,
similar tal vez a esto que ahora 
me desarma en la descripción
de los espacios previos como si
finalmente en no llegar
hubiese algo de lo que te quiero decir.
No a través de los fichajes 
de una investigación
ni en los procesos de clasificar
los registros de una experiencia 
como residuos 
de un pensamiento culposo.
No en el concepto 
que mejor lo entiende
y así se reproduce.
No
en cualquier cosa
de la que podamos
desprendernos.
Un pensamiento
sobre la incomprensión:
a lo mejor es la muerte.
Lo que me dijo la muerte,
y nada más.
A punto estuve 
de darme la vuelta 
y regresar. Y a lo mejor
lo hice. En las paredes había 
los mismos mapas 
de acrílico transparente
con las fronteras en negro
y en rojo más o menos intenso 
la deriva 
de los asentamientos.
Dibujos, alguna 
cabeza de flecha y  jirones 
de un trenzado vegetal
sobre una superficie de polvo
barrida por el viento.
Debería poder contarte
lo que sentí en ese momento.
Si fue con esa intención
que empecé a escribirte
sobre tu proyecto 
de la Galería Nómade.
A lo mejor está dicho, 
y esto es lo más que puedo 
acercarme 
a la verdad 
de mi verdad, 
que probablemente 
también 
sea 
una mentira. 
Finalmente 
es en los objetos del camino
donde a cada paso
nos perdemos.
O quedamos pegados a ellos 
sin poder atravesarlos.
No podría expresarme mejor 
que si dejara de hacerlo.
Así pues: en el aeropuerto compramos
algunos discos de corridos y unas remeras 
y en el viaje casi no hablamos. No recuerdo
el transbordo de regreso. En Ezeiza
nos separamos sin despedirnos.  

A lo mejor lo hice. Y a lo mejor nunca estuve
en ningún lado.