Atmósfera

Revista de Poesía N°5
Buenos Aires - Marzo 2013

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Irene Gruss. Poeta argentina nacida en Buenos Aires, en 1950. Antología de sus poemas publicada por revista Atmósfera en el año 2012

Antología Irene Gruss

De La luz en la ventana (1982)

Dice el viento

El viento me habla
me dice "yo susurro yo te golpeo
pero allá, en la ciudad
alguien está esperando para golpearte
y para amarte como un susurro.
Yo voy a darte la charla de los pájaros
de los amigos
(el mar también suele ser un susurro)
pero allá, en la ciudad
alguien está esperando para hablarte
y callarse.
Yo muevo los árboles, los días, te golpeo,
pero allá, en la ciudad
alguien está esperando para que llegues
y el viento se termine".

La muerte está en casa

La muerte está en casa.
Nos movemos como pedazos descosidos
y ya nadie pregunta qué ha pasado,
qué nos hace mirarnos sin queja.
El cuerpo vacío de la muerte
entró y se desvistió en casa,
a pesar del sol,
a pesar de los nacimientos,
a pesar de los llamados alegres.
Y nadie de nosotros le
pregunta hasta cuándo,
nadie de nosotros la golpea,
nadie vuelve a vestir a la muerte.

Una tarde

El sol está
como una mancha en el vestido de la muerta
Nadie se atreve a desnudarla
Nadie dice nada del escalofrío morado
de la casualidad absurda

sobre el mar, esta tarde.

De El mundo incompleto (1987)

Fue una fiesta

Es difícil escribir un paraíso cuando todas las indicaciones superficiales hacen pensar que debe escribirse el Apocalipsis.
Ezra Pound
Ya no.
Despreocuparse
en medio de plena guerra, cuando
todo era diversión, y pasión,
y era guerra.
Entretenidas anécdotas entre Picasso y
sus mujeres; Gertrude Stein
manejando una camioneta de la
Cruz Roja Internacional, en el paisaje
del frente.
Eluard haciendo el amor en medio de
la guerra: "¿Qué íbamos a hacer? ".
Ya no. El amor ahora apenas
sostiene,
apenas descubre,
salva,
corrobora conclusiones, situaciones
tontas.

Después del apocalipsis

Poema de ficción
El Apocalipsis ya pasó.
Ahora puedo sentarme en la cama
y ubicar mis pies en cada pantufla.
Puedo ir ahora a la cocina,
y suspirar, en el trayecto.
Ya pasó. Acabó
el Diluvio, sin lluvia.
Empieza a hacer frío, y

ahora el frío resulta acogedor.
Ya pasó todo, ya terminó todo.
Se puede respirar
-antes también podía respirar-,
y reír, reír,
con cierta
risa.

De La calma (1991)

La ficción

Creo en lo que dicen las palabras,
no en lo que son.
Por eso
me miento a mí misma.

Era la tarde y la hora

Esteban Echeverría
A la hora de palabras patéticas
me tiento de risa; es nervioso, es nervioso
dice la madre
y yo le creo.
La desesperación, el
desespero,
él es un desesperado: -Ay, es cierto
y me tiento:
son palabras patéticas.
"La falta de mística", es fatal que
"todo sea cultura", las aceitunas
vos y yo: es patético,
el sonido,
¡quién tuviera un oboe!
Arder, "Vas a arder":
es cierto.
Era la hora en que mi vida sexual pagó
¿por qué no?
consecuencias
lúgubres. Las palabras
huelgan:
¿Qué voy a hacer ahora?

Y a la hora de hechos patéticos,
a la hora de una falta de hechos
no puedo reír
no me acurruco, no me cubro
ni siquiera muero:
escucho el viento
y aplasto terribles,
tiernas mariposas que
(hablo de palabras vagas, cuasipatéticas)
seducen el aire
a respirar:
es cierto, preciso el aire.
Vuelan
coloridas
y duran -ay de mí, ¿es que la rima es débil, así
de mortecina?-
una noche de gusanos, las palabras vagas,
y solamente un día.

Fin de estación

Como una ciega me puse a oler los maremotos
como una ciega que tiene sed
quiere agua, quiere ver el agua. Como
un gigante aplastado
toqué el pasto
tanteé el suelo, como
una infeliz
deseché mi casa como una infeliz,
como un sabio desgajé una fruta y
como un adolescente tuve fe,
como un muerto tenía un único elemento.
*El último verso pertenece a Paul Eluard.

De Sobre el asma (1995)

XV

La luz de la mañana
tiene dedos rosados.
El inhalador sabe a menta.
Plácido despertar donde la fatiga
sucumbió por el sueño.
El alma salía por la boca
o por la herida. Salía el aire
y la impresión
era que el aire entraba.
El sueño, madre, no cierres la puerta,
las ventanas, oigo suave
la partida, 
liviano, como
un silbido
el asma

De Solo de contralto (1998)

Antiars poética II

La alegoría está en el bambú,
no en la palabra.
Paula Grandío

Esa playa en el río.
El río estaba muerto.
La playa vivía gracias a
los juncos que estaban a un costado.
Los juncos eran la alegoría del paisaje.
Un poeta chino lo supo
y no lo escribió.

V.W.

Amplios bolsillos para guardar
las piedras de la orilla.
El lago estremecía,
las burbujas eran luciérnagas
sobre el lago opaco.
Tanta belleza, más que fascinarla,
fue insoportable.
Avanzó
y murió ahogada,
lúcida y envuelta
en una terrible jaqueca, la última,
decididamente insoportable.

El tono

Mi voz dice lo que no quiero decir,
mi voz tiene otro tono,
lo que quiero decir no lo dice,
dice otra cosa.
Lo que no digo a veces lo dice mi voz
o el silencio, el mío, lo dice pero
no se entiende. Mi voz larga
un ruido grave, un
comentario gutural, casi sin voz.
Mi voz no escucha lo que digo.
Yo escucho a mi voz decir
otra cosa.
Lo que no digo no puede oírse, y eso
es lógico. Cuando mi voz lo dice
a veces, el tono suena
desligado de mí, el sonido, el tono
es otro.
Lo que quiero decir no se escucha. Mi voz no habla,
semeja un tono
cansado de sí, del otro tono que no dice
más que un comentario, grave, baja
mi voz
cada vez que escucho, sordo el sonido
de lo que digo a veces
en un hilo casi
al otro casi,
una sola
vez que diga
lo que no quiero, mi voz,
oír.

Algo, algo acontecerá

De hecho, esperan enormes cambios en el último minuto.
Grace Paley
Siempre veían a sus pares
en el cine, en una plaza.
Corrían y se angustiaban por cualquier cosa,
si algo iba bien o algo iba mal,
se retorcían y se angustiaban igual.
El sufrimiento pasaba de largo a medida
que los días también pasaban, y la alegría
era ese momento
cuando escuchaban, sin querer, a algún chico
que cantaba sin saber lo que cantaba.
Ah, ahí se largaban a reír, tentadas,
contoneando el cuerpo.
Creían otra vez en la vida como
si antes ésta hubiera sido una fea películ, vieja,
en blanco y negro.
Tarde,
solían estirar la nuca hacia atrás, para 
ver las estrellas
y la noche, que era azul. Soñaban
antes de dormirse, y cuando se dormían,
algunas soñaban y otras no.
Hoy en día arreglan sus casas, caminan
y caminan por la ciudad,
y después del trabajo vuelven
(el teléfono en su lugar, la desazón, la blusa donde
estaba),
crispadas, solas, cansadas.
Cuando se enamoran tienen un temor súbito
que les hace preguntarse hasta cuándo durará
este día dorado,
y cuando pasa el temor
o el amor, no dejan de dar cuenta
que la vida siempre fue,
debería ser en colores,
como cuando estiran la cabeza hacia atrás
y se asombran mirando el cielo.
Entonces, ya en la calma, se ponen a canturrear
tamborileando: algo, algo acontecerá.

De En el brillo de uno en el vidrio de uno (2000)

Pocas veces el ojo
es honesto consigo mismo.
Precisa la ficción
como el aire la boca.
El sueño ve
cosas que el ojo
ni imagina.
La honestidad no se reduce
a abrir
o cerrar
los ojos.
Parpadear debería ser constante.

El ciego descubre que le han mentido.
La luz no estaba aquí, el color no era éste.
Lo supo por desilusión
y olfato. Ahora 
dice que ve. Y tampoco es cierto. 

De La dicha (2004)

Cada uno es rojo a su manera

Cada uno es rojo a su manera.
Como esas palmeras del Edén
tan verdes, tan rojas fueron.
Yo estuve allí, pasé vociferando
¡he aquí!, la luz del mediodía.
Estuve allí, allí pasé la noche,
ese rojo evaporándose, desvaneciéndose,
de tan intenso fue, tan intenso tuve.
¡He aquí! El pájaro se asombra
de que lo miremos picotear asombrados;
todavía es un pájaro rojo.

Yo estuve a la orilla de un río

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
Yo estuve a la orilla de un río
blanco, yo vi un río blanco desde mi ojo
terriblemente azul
por la mirilla de un arbusto, 
no la alcantarilla.
Palpé los ganglios de ese río, latían
como laten los sapos de René Char,
afortunados.
Desde ese ojo vi que mi sombra bailaba
mientras yo observaba quieta
la orilla, la de un río blanco. Estuve
como puede estar cualquiera, de paso,
de rodillas, así miré, toqué una arena abandonada,
blanca como un río que vi desde la orilla.
Nunca digan que poseo una voz
particular, nunca mi garganta plagió tanto
el borde de ese río.
Yo estuve a orillas de un río
blanco como arena abandonada, arena tibia,
danzaba y mi sombra
miraba el horizonte, buscaba un rumbo,
islas perdidas buscaba, a orillas de un río
blanco, de agua blanca.
Esa agua latía como un ganglio,
deseosa,
arropada en un andar tranquilo, 
y dejaba en la orilla sólo arena,
una arena blanca,
abandonada.

Silencio

Es aquí un misterio natural,
aquí donde el silencio es mago,
mi señor. Lo único que cruje es el pasto.
El amor resuena
como un verso antiguo.
Resuena menos que el silencio
y más que los grillos.
Nadie ocupará su lugar, su silla.
Canta conmigo como yo,
con la boca cerrada. Tranquilo como yo despierta
y pone a mover las cosas,
a que hagan su ruido. El silencio sabe
por qué calla; hace decir y calla.
Misterio natural a la hora dorada.

De Poemas irresueltos (2008)

Porque las hojas e ese arbolito brillan todavía,
imagino, allá, lejos, el bosque encantado de verano.
Hasta apuraría la noche, a
que el bicherío inunde todo de música amable al fin,
canto que se ríe de lo grave del mar, allá, a pocos pasos,
como el pobre se ríe,
como las chicharras y los sapos se ríen del mar, allá, lejos,
cuando es verano todavía.

De La pared (2012)

VI

Mira a tu alrededor,
pareciera que dice la pared.
¿No los ves?, cada uno ensimismado
o, por el contrario, el Yo con tal de ser
por fin abierto.