Atmósfera

Revista de Poesía N°5
Buenos Aires - Marzo 2013

Sonia Scarabelli nació en Rosario, en 1968. Publicó los siguientes libros de poemas: La memoria del árbol (Los Lanzallamas, 2000), Celebración de lo invisible (EMR, 2003, premio Municipal de Poesía Felipe Aldana de Rosario), Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras (Bajo la luna, 2008). En 2009, publicó La orilla más lejana en la colección de crónicas de la EMR.
Sonia Scarabelli, Poeta argentina. Selección de poemas. Revista Atmósfera Nº 5. Buenos Aires, 2009.

Sonia Scarabelli

Continuación del sueño

En el siguiente sueño
sobre el padre,
el padre no aparece

Está, pero invisible
Su ausencia lo delata
como un perfume
demasiado intenso,
como una
inminencia de tormenta

De su no llegar
los recuerdos se vuelven
remotos, se vuelven
parte de otra vida
en la que nos sentimos
extraños

A fuerza de él no estar
nosotros parecemos
apenas el envés de algo
más real,
desencajados como actores
verborrágicos
en una atmósfera
de película muda

El sueño es sobre él,
que falta,
y sobre mí que siento
esa falta
como una
arritmia,  
como un
contrapunto de vacío


Pierdo pie,
y sin saberlo,
estoy buscándolo.
Ahora soy una niña,
ahora otra vez
una mujer
sentada al lado
de una cama

La otra parte del cuadro
sigue sin revelarse

El sueño es sobre él,
que falta,
y sobre los recuerdos
en los que no aparece
y debería
aparecer

Todo el tiempo
que dura la escena
se siente el equívoco,
la carencia
inexplicable

El maestro de dibujo nos enseña que no hay totalidad

Al Maestro Julián Usandizaga
En la clase de hoy
el maestro nos enseña
que en lo que vemos
nunca hay totalidad

Y el mundo se reparte
en miles
de pequeños pedazos,
trocitos de visión,
instantes luminosos,
parpadeos

Estar parada y ver
se vuelve
un asunto distinto

Entro de su mano
al tiempo y al espacio
por un camino nuevo.
Una puerta inesperada
que se abre
mientras a mis espaldas
voy sintiendo
ese suave cerrar
de otras. Es
la vida,

y poder
salir serenos
por cada puerta hasta la última
sea quizás
el verdadero desafío

Por eso yo celebro
que hoy por hoy mi maestro
esté abriéndome una puerta
y me hable tan bellamente
del cristalino
y su soledad
ante las cosas

Ahora creo que puedo
ver con otros ojos
una vez más
cómo la forma es intocable
y su misterio
crece ante mí
como un capullo
que no ha de abrirse
hasta después

¿La encontraremos
por fin
en otra parte?
¿Nos esperará
completa y sonriente
y de una vez
seremos recibidos?

Ahí el maestro
se retira y sabiamente
nos suelta la mano.

A ese lugar
vamos solitos.

Epígonos

Mirá, lo que mamá quería
para ella
se ha hecho realidad en mí
y yo me aplico
al dibujo, la sombra, y fallo siempre
en el escorzo blando
que las cosas
ofrecen para entrar en perspectiva
a ese espacio cerrado donde el mundo
se ordena y se decanta.

En el fracaso, sin embargo,
me encuentro sonriente
si mi silla
es siempre desfasada silla china
y no la silla aquella que soñaba
mudar a la piecita de Van Gogh.

Sucede que el maestro me consuela
la falta de talento y de muñeca
contándome una historia
donde aún puedo
sentarme entre las cosas
y hasta yo,
ignorada de la gracia,
contemplar el infinito siempre en fuga,
pendiente arriba hacia un horizonte
inalcanzable en el que nada
se mide ni se logra
comprar, vender así nomás.

Yo miro embelesada ese dibujo
donde ahora me muestra un gran señor
japonés plácidamente sentado en el vacío
y anoto para mí que en el oficio
se aprende sobre todo
a decidir
y a entregarse.

¿Será por eso
que la piecita de Van Gogh,
tan mordida de oro en perspectiva,
parece abrir un centro en que se augura
lo que es sin centro, lo que siempre

vuelve a buscarte si es que al ojo
le uncís un infinito
destartalado caballo tuerto
corazón del deseo?

Encuentro en el jardín

Era de noche
y octubre ya se iba
notando en tu jardín. Por el perfume
lo supe ahí, jazmines florecidos
hacia los cuatro puntos
cardinales y en el centro
azahar de limonero,
un naranjo, y cinco
rosas blancas.

No te pedí encender
la luz del patio esta vez,
entré como una extraña,
como esa
hija clandestina y llena de secretos
que los años
van haciendo de mí

pero viniste
callada tras mis pasos
con aquella
linterna diminuta
y una por una iluminaste
todas las flores nuevas. Todavía

siento el temblor
dulcísimo que entonces
sentí mientras miraba
abrirse en puntos claros
el verde corazón.

Y como es posible
que con los años
haya también aprendido algo,
lo demás es silencio.

La visita

"No hay que decir ni que existe. Las otras cosas son las que existen después de Él y por Él. (…) Una cosa que no existe ¿qué puede ser? No conviene hacer tales preguntas sino ir callando…"
Chuang Tzu
Te soñamos los tres la misma noche.
Venís a ver a cada uno y lo curioso,
lo común no es nomás la coincidencia
de soñarte al unísono,
sino que en aquel sueño estás hablando,
y tu voz llega clara, casual y no preocupa
no saber qué decís
sino que hables así
con esa
fluidez de antes,
el timbre de tu voz
brotando del pasado
como cosa real por si creíamos
que olvidar es asunto de la mente
más que del cuerpo
(la oreja, el ojo, la espesura
de lo ido
que vuelve desbrozada
por el recuerdo de un segundo).


Pero este énfasis lo pongo yo,
porque en la mesa
del mediodía
no estamos tristes, nos hablamos
de vos como atontados
en medio del reflejo
de aquella luz completa
que llega desde el patio a la cocina
donde almorzamos
tranquilos y perdidos
en esa especie de
felicidad desconcentrada
que te da a veces tener una familia,
aunque después o antes
la vida sea
verla resquebrajarse despacito
como a esa loza de los platos
que al fin también se parten
porque un plato
igual tiene su cuota de mortal,
objeto semidiós entre los suyos
que se gana una muerte
casi humana.

La cosa es que la luz del mediodía
nos hace vernos blancos,
resplandecemos no de bellos
sino de deslumbrados,
y crece el entusiasmo por contarnos
la peripecia del viaje que te hiciste
directo del silencio hasta los sueños.

El trío entra en detalles
que se vuelven
asunto serio y la conversación
va corriendo sincera
hasta que cae
en ese pozo manso donde ahonda
su peso la verdad,
la sin palabras balanza de oro
que sopesa
al corazón y mide
la gravedad de ausencia
en que te vamos
dejando solo
ante la muerte

Dicen que en ese trance todos
al fin estamos solos,
pero vos
no sos el rey asesinado
clamándole venganza a un hijo príncipe,
no sos el rey envenenado,
un ferroviario, un operario de John Deere,
un viajante que vende por los pueblos,
un fletero al final en la ciudad cercada
de novedades,
un hombre que nos quiso
en el máximo misterio anónimo
donde entramos en grande mayoría,
y que ahora está
solito ante la muerte
que no llega codiciosa
de herencia o traición
y viene ni siquiera como una
muerte de las que cuentan
en los diarios.

Envejecer y después
salir callado por la puerta,
decime vos, papá,
ahora
que ya aprendiste a hablar en sueños,
cómo es posible
estar ahí.

Las direcciones contrarias

No es de la salvación
de lo que hablo, es
de lo que no se salva
y queda siempre
con el arpón clavado,
y tenso en la soga
que lo arrastra hacia arriba,
va al fondo igual,
Moby Dick en la propia calavera.
Y por eso, si el alma o la ballena
lo que se hunde
lo mismo da: la vuelta es por el fondo.

Quiero decir, parece
una insistencia de las cosas
–y de los seres–
que la gracia
venga a aliviarles el desastre
cuando ya iban a darse
por vencidos. Si no
cómo se explica
que suba así de dulce la mañana
y que uno sienta
abrirse todavía el corazón
al toque blando de la luz
cuando un instante atrás apenas
estaba todo
tan oscuro. 

Viene la tía

Me viniste a ver aquella noche,
como quien dice
la persona menos esperada.
Justo esa noche después
de más de veinte años,
y aunque estabas muy seria
me abrazaste
con toda la fuerza del pasado.
¿Será esto
el amor que no muere?

Inexplicable para mí
tu aparición tan vívida en el sueño
justo esa noche
después de los estudios. (Sacan
algo de adentro de vos,
un pedacito
de tu carne, tres
milimétricos gusanos
de seda misteriosos,
y listos por igual
para tejer
la fuerza del destino, y en una

mesa que no ves
la suerte empieza
a dar vuelta sus cartas,
mientras ellos
trabajan con el triple
silencioso sigilo
de todo tejedor.) Pero esa noche
estás vos ahí
y no estoy sola. Todavía

me acuerdo
del abrazo
como esos que se dan
los que se aman y pensaron
que nunca volverían
a encontrarse

Tenés puesto un vestido
de verano,
te ves joven y adusta,
gigantesca,
pero yo siento
volver aquel amor
desde la infancia

como una ola
que me envuelve, el viento
revuelto que habrá sido
tu corazón, y siento
que estás ahí
por mí. La sensación
es tan intensa
que ahora,
ya despierta,
—aunque hay quien cree
que este es siempre
nada más
el mismo sueño—
todavía
me acuerdo de tu abrazo